El tiempo es un fluir…, si se estanca se pudre. Se necesita y se desperdicia el tiempo para hacer las cosas. Pero sin cosas que hacer…¿qué importa el tiempo?.

Sin cosas que hacer parece que el tiempo no transcurre, se arrastra semiseco, se estanca sin caudal…, poco vale el recorrido. ¡Pero cuánto cuesta hacer las cosas!…para lo rápido que el tiempo pasa…, para ver cómo se va…, como te deja casi atrás.

Hacer las cosas que hay que hacer permite precisamente mirar atrás y ver los trayectos que tu tiempo diseñó, pero te dificulta otear el horizonte que se achica cada vez más, cuando es justo hacia donde nos dirigimos.

Hacer las cosas a las que nos obligamos a diario define las voluntades no egocéntricas que persiguen un fin, quizás lejano,  pasos mínimos que cuestan mucho por ocupar nuestro tiempo, pero que marcan una dirección del caudal hacia allá, donde el tiempo va…

¡Cerremos los ojos al vértigo!… y hagamos las cosas.

¡Cerremos los ojos al vértigo!... y hagamos las cosas.

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