Siempre traté de reflexionar en cada etapa de mi vida. Reflexionar es pensar atenta y detenidamente sobre algo. También ese algo fue evolucionando en cada etapa, creo sinceramente que enriqueciendo poco a poco los temas a reflexionar. Muchas de esas reflexiones han sido compartidas con seres queridos y alguna vez, como ahora hago, traté de plasmarlo en escritos. Da igual, la reflexión es un acto propio, se hace en silencio y es puro pensamiento. Sale de cada uno de nosotros, aunque puedan compartirse. Lo cierto es que las reflexiones de uno pueden ser interesantes para alguien o pueden ser absolutamente ignoradas y hasta repudiadas por otros. Resulta pues prudente guardar nuestras reflexiones para nosotros, para entender mejor el transcurso de nuestra propia vida. Solo cada uno de nosotros puede ordenar en el tiempo cómo fueron evolucionando esas reflexiones. Recuerdo perfectamente hasta mi infancia, reflexiones en silencio que solo “pa dentro” quedan, casi siempre. Cómo cambiaron a lo largo de la juventud, de la madurez y de la vida adulta. Al cumplir muchos años seguimos reflexionando incluso con mejor perspectiva sobre lo ya vivido, aunque también con una clara visión de la cercanía de nuestro final. Son también por tanto reflexiones con una cierta nostalgia que resulta difícil de eludir.
Pero hablemos de ese algo que nos hizo reflexionar, aunque solo pueda hacerlo desde mi perspectiva personal. Lo que fue objeto de reflexión a lo largo de mi vida. Siento que a estas alturas no merece la pena casi ni mencionarlas. En todo caso solo algunas y tendría más sentido hablar de cómo ese algo evolucionó. Si tenemos en cuenta que el simple acontecer nos lleva a reflexionar, muchas cosas ocurrieron en España, y en el mundo entero, desde mi infancia hasta la actualidad. Hay que situar nuestro pensamiento en la posguerra, el franquismo, la universidad, la llegada de la libertad, la transición, la calma democrática, la anti-transición y la España en dos bloques (como si no hubiéramos podido aprender). Todo ello junto un acontecer mundial también carente de sentido e ignorante de la historia. Siempre fue constante la reflexión de asombro al comprobar la torpeza histórica de la humanidad, justo cuando más sabe y conoce. Este asombro continúa en la actualidad.
Recuerdo mi infancia como muy placentera y llena de amor familiar, hasta que al cumplir 6 añitos sufrí un accidente en las carreras de caballos de Cádiz en la playa. Un caballo se desbocó, se dirigió al público y solo a mí me atropelló. La gente, al verlo venir se apartó, pero yo jugaba con un cubo en la arena y me pisoteó. Recuerdo que convaleciente reflexionaba…¿cómo es posible lo que me pasó, por qué me ha tocado a mí entre toda la multitud?… Cuando el tiempo pasó pude ver con claridad lo absurdo de aquella reflexión de la que me arrepiento y me avergüenzo. Me tocó porque me tocó, como tantas desgracias que ocurren en la vida de las personas. Fui operado en varias ocasiones y el accidente me hizo estar malito durante años. Recuerdo las reflexiones de entonces, llenas de un sentimiento de fragilidad y debilidad. Pata palo y Mierda seca, eran los motes que me ponían mis compañeros. Yo aceptaba mi inferioridad, tanto física como mentalmente, porque tampoco me veía muy espabilado. Del montón, siempre del montón y sin destacar, no vaya a ser peor. Esa actitud se quedó ya para siempre. También recuerdo perfectamente el comienzo de la Universidad. En los años 60 comencé a estudiar Medicina. En aquel entonces los universitarios comenzaban una actitud aperturista que era frenada por “los grises” y había que correr a veces. A mí me gustaba esa corriente siempre que fuera ordenada. Un compañero querido fue a prisión sin haber hecho nada, también le tocó. Era un ansia de libertad que fue creciendo. En el seno familiar recuerdo que yo comentaba estos aspectos contra la visión de mi padre. Él había vivido la guerra en prisión desde el principio hasta el final en una cárcel de Totana, condenado a muerte, condena que afortunadamente no se ejecutó. El único hermano que escapó de la zona republicana murió en el frente. Al terminar, mi padre rehízo su vida, se casó y tuvieron 5 hijos, yo el tercero. No sé cómo me atrevía delante de mi padre a soltar soflamas aperturistas, lo que vivía en la Facultad. Lleno de autoridad y cariño él me discutía, aunque se indignaba. Nunca hablaba de la guerra, la que todos los españoles de entonces padecieron, pero sí me hablaba del caos previo y me advertía para evitarlo. Cuando acababan sus argumentos me decía …”además, ganamos la guerra”. Eso me hacía reflexionar sobre mis soflamas y me hacía ponerme en su lugar. Murió pronto y muy franquista (lo que le tocó vivir), aunque aceptando los cambios que ya empezaban. Yo tenía 21 años. Siempre en mi corazón, me gustaría reflexionar con él sobre lo sucedido desde entonces. Él era un auténtico caballero y también amaba la libertad. Recuerdo conversaciones con él en mi juventud que sólo pude interpretar cuando ya no estaba. Reflexiones no hechas para aquél presente sino para mi futuro. Mensajes en botella de cristal que sí que recibí.
Las reflexiones de mi juventud imagino que como la de todos. Fuerza vital en expansión, el estudio de la Medicina y el descubrimiento de tantas cosas que la vida ofrece. Creció mi devaluada autoestima y aprendí a luchar por mis objetivos. Reconozco que fui muy osado en todo, pero tuve suerte en la vida. El descubrimiento del amor y de la familia propia llenó por completo mi alma de muy gratas reflexiones, todo ello acompañado de mi desarrollo profesional. Siempre tuve pocos amigos, pero muy buenos, con los que resultaba fácil reflexionar. Por citar los importantes que ya no están, mis queridos amigos los Doctores y Profesores de Medicina: Javier López Pujol, José Rico Blazquez, Alfonso Medina Fernández Aceytuno y José Luis Carrasco de la Peña… dejaron una profunda huella en mí y son permanentemente añorados. Mucho aprendí de ellos y al margen de vernos o no, siempre estábamos conectados. Mucha nostalgia de tantas vivencias y pensamientos compartidos, aunque por absurdo que parezca tengo la sensación de seguir conectado con ellos. En mi mente están vivos, yo les hablo y en ocasiones ellos me contestan, me ayudan a seguir vivo y pensante. Observan mi evolución.
Fuera del simple acontecer de la vida, pronto me di cuenta que era preciso saber abstraerse de lo que pasa para centrarse en lo que más nos importa interiormente. Y ahí reconozco que he tenido la suerte y el privilegio del estudio de la Medicina y del disfrute de su práctica, lo que proporciona múltiples visiones y motivos de reflexión interna, tanto profesionales como humanistas. Es todo un estado de ánimo pletórico, aunque también la alegría, la satisfacción o la tristeza van sujetas siempre al acontecer de cada día con cada paciente. La Medicina ha sido fuente de reflexiones en muy diversos aspectos. El más importante, la impronta de la intensidad vital que cada acto médico proporciona a lo largo de cada día. Es preciso dormir bien para resetear, porque el practicar medicina es estar centrado exclusivamente y con intensidad, (de ti, te olvidas), en ayudar humana y profesionalmente a un paciente enfermo y a su familia. Es entrar en ella, como un miembro más que solo desea ayudar. Esa continua intensidad vital es a veces dura de digerir y exige un alto grado de determinación cada mañana, independientemente de lo que esté pasando en tu vida, o de lo que haya ocurrido el día anterior. Esa continua atención hace también que a veces descuidemos la atención a los más próximos que también nos necesitan. Mucha reflexión tardía al respecto. Pero lo cierto es que esa intensidad vital que la práctica médica proporciona es como los rayos X, no se ven pero te traspasan y enriquecen silenciosamente el alma.
También la Medicina me proporcionó múltiples reflexiones y descubrimientos sobre una visión científica de la práctica médica. El avance médico vivido nunca había sido igual y nos hacía pensar en cómo contribuir desde nuestra experiencia. Múltiples ideas surgieron y bien que se trabajaron ocupando nuestras mentes. Orgullo del grupo que se creó. Publicar científicamente con impacto en la literatura médica requiere tal grado de concentración en la descripción de los hallazgos, junto a tantos otros aspectos como su escritura científica, la discusión con los “referees”, rehacer el artículo varias veces para satisfacer las demandas etc…, hasta lograr la aceptación. Todo eso apenas deja mente para más. Hasta en sueños se elaboraban los manuscritos, despertabas con lo conseguido en sueños. Además, una publicación científica de impacto podía llevarnos 1,2 y hasta 3 años, lo que siempre conllevaba un grado de atención continuada, al margen de la actividad clínica. Fueron muchos años de actividad científica junto a una súper dedicación clínica que acaparaban nuestras mentes, dejando poco sitio para otras reflexiones íntimas. Pero resulta que sin darte cuenta aumenta ese espacio. Una cosa lleva a la otra porque el ser médico te ofrece visiones sobre el mundo, el ser humano, las personas y los animales, la Ciencia en general, la vida en la Tierra, de cómo se formó, de la muerte y del sueño, de los avances astronómicos… etcétera, temas que no pueden pasar desapercibidos. Hay tantos aspectos interesantes de la vida por profundizar que se abren diariamente a nuestros ojos. Creo que ciertas visiones médicas de la vida son más difíciles de conseguir por personas ajenas al mundo clínico.
Lo cierto es que desde que me obligaron a jubilarme de la medicina pública y dejé el Hospital Reina Sofía mi actividad médica continuó más reducida en 2 Hospitales privados de Córdoba: el Hospital Cruz Roja y el Hospital San Juan de Dios, donde sigo disfrutando de ser médico. Lo que me quedaba claro desde entonces es que la actividad científica se terminó una vez fuera de Reina Sofía y eso me permitió aumentar con creces mis reflexiones íntimas al dejar tantas obligaciones. En mi mente quedaba abundante espacio para profundizar tanto en lo vivido como en lo presente, cada vez más consciente de lo maravilloso que es seguir vivo. Es decir, las reflexiones tardías resultan más profundas por combinar la memoria con la realidad actual. Pero como decía al principio también son nostálgicas. Y lo son por añorar todo lo bonito que sucedió y por aquellos seres queridos que ya se fueron, aunque bien vivos en mi mente están. Nostalgia de ellos, nostalgia de la magia que se dio. Todo conlleva sentimiento vivo en nuestra memoria. De manera que sí, las reflexiones tardías son siempre nostálgicas por todo ello, pero también son más ricas en temarios de todo tipo. Con más tiempo para mí, la curiosidad y el deseo de leer y conocer no cesan, con lo que, entretenido estoy. Afán por conocer nuevos avances médicos, científicos en general. La Ciencia hecha por humanos, lo único en lo que avanzamos. Por lo que contemplamos, tanto saber acumulado aún no nos aporta demasiado como especie.
Quizás inculcado por mi padre, la Astronomía siempre me fascinó. Mirar al cielo visible y luego hacerlo con las imágenes que nos proporcionan diariamente los telescopios espaciales me llenan continuamente de reflexiones sobre el Universo y los avances astrofísicos de los últimos lustros. Además, es siempre un deleite mirar al cielo y también ayuda a relativizar. Contemplar las imágenes diarias explicadas por astrónomos permite adentrarnos en escalas imaginarias de miles y de millones de años luz, inalcanzables para nosotros, pero adonde nuestra mente nos puede transportar. Lo que vemos de nuestra cercanía y lo que Hubble y Web nos muestran de esa inmensa lejanía. Es genial sentirse inmerso en ese maremágnum del espacio-tiempo y adquirir una mente cósmica. Precisamente desde nuestra cortedad e insignificancia, me maravilla cómo somos capaces de abarcarlo en nuestra mente con nuestra imaginación. Leo y reflexiono mucho sobre lo que la mente de los científicos actuales ha alcanzado a saber sobre el Universo.
En definitiva, mis reflexiones tardías (no finales) son favorecidas por la extensión de lo vivido y por la delicia de seguir vivo, sano y pensante. En los últimos años aprendí técnicas de meditación ideales para reflexionar. Podcasts que te predisponen y lecturas que te animan. La meditación se aprende, a mí me ha ayudado en los últimos tiempos y pienso seguir persiguiéndola. Este invierno combinaba música clásica junto a una meditación frente al fuego de la chimenea, con las distintas formas de la llama y su inspiración. Ambas atmósferas audio visuales son pre-disponentes a la reflexión. Aprender a meditar es aumentar la capacidad reflexiva.
Tardías, pero vivas, actuales y respetuosas son mis reflexiones.

