Somos individuos por ser indivisibles. Entes propios y genuinos que progresan en el tiempo creando trayectoria vital, sea la que sea y nos lleve a donde nos lleve, pero ese es el viaje. Y todo eso, generación tras generación, vidas encadenadas, vidas sucesivas. Poco se puede conseguir en tan corto espacio vital.

Desde las percepciones propioceptivas hasta la asimilación del aprendizaje y hasta el mismo desarrollo de la personalidad, somos pura individualidad y el pensamiento mana de nuestros cerebros. Somos lo que intentamos ser, aunque también lo que acontece. En ese caminar mucho se aprende porque, vivir la vida, enseña. Individualidades que son transportadoras de lo que uno ha vivido y aprendido, se transmita o no. Uno nace y muere solo. Pero en el tiempo de la antorcha viva, se puede contribuir, por nimia que la contribución sea. Nada individual se pierde cuando se alcanza algo colectivo.

Desconozco cómo será la unión entre los seres en el futuro pero intuyo que conllevará entrega y determinación de unos pocos que sabrán transmitir el mensaje a la colectividad. Eso es alcanzable hoy día en grupos y la Ciencia funciona así. En ella, lo importante es la cuestión que se plantea. El método para intentar responder vendrá después. Si queremos saber qué hacer colectivamente hay que saber preguntarse justo en el borde o “edge” del saber y no en postulados pasados y fallidos. Si somos individuos conscientes la cuestión sería cómo formar órganos o sistemas. El ser multiorgánico lo requiere. Sus funciones son específicas en el sustento del ser, porque nada valen por sí mismas como estructura aislada. Nuestra individualidad está formada por órganos y sistemas que nos mantienen vivos. Pero dentro de ellos hay millones de individualidades celulares que trabajan en común por una función. Un importante grado de acuerdo que, aunque sea genéticamente inducido, creo que no es impuesto y precisa decisión individual.

La individualidad y los fines superiores

Pero la evolución procesa la información y actúa en consecuencia. Si ha de construir un ser planetario desde el magma individual de seres animales y vegetales, se precisa una diferenciación de órganos y tejidos. Ya hay un cerebro en construcción, el intelecto humano, para ordenar y regular funciones. Aún sin formar sus capas que diferencien su propia evolución es claro que ha de ordenar desde la consciencia. No sé cómo, pero ha de hacerlo. Y si de fines superiores hablamos, la individualidad cognitiva solo puede ser un mero transmisor, perder protagonismo con fines colectivos. No debiera ser tan difícil. Ya hoy vemos colectividades luchar conjuntamente por fines superiores, aunque haya infiltrados que pasan… La vida se organiza con cadenas genéticas en las células que llevan dentro mandato de identidad, sin que como digo suponga imposición sino reconocimiento individual del fin último. ¿Cómo nos llegará a todos un mandato así de reconocimiento para impulsar un fin tan supremo?…¿Cómo la vida no lo ha resuelto aún, si ya lo hizo previamente en la construcción de los seres vivos?…¿Por qué cuesta tanto generar en las personas el mandato de unidad?…¿De dónde ha de venir sino de la propia convicción? La vida individual se pierde y se desperdicia sin fines colectivos que tiendan a ser superiores para el bien de las especies. Precisamos algo que nos contenga, nos organice y nos ordene. Y el mejor bien colectivo no es otro que la formación de un solo ser superior al que todos juntos demos soporte. El conjunto de un todo es muchísimo más que la simple suma de todas las individualidades. Pero sigamos. Un ser superior necesitaría órganos. Un pulmón planetario, para respirar y oxigenar cada célula. Lo tenemos. No es otro que el mundo vegetal. Preservémoslo y no lo destrocemos. Ordenémoslo y desarrollémoslo.

También nuestro organismo posee osteocitos para conformar nuestro esqueleto, que solo sirve de armazón, y alveolos para simplemente intercambiar el oxígeno imprescindible para el resto de órganos y sistemas. También las células de nuestro corazón, los miocitos, no paran de trabajar y trabajar incesantemente, sin descanso alguno, para el resto del organismo, no importa cuál sea su estado o situación. De manera que en la perfecta asociación de los seres pluricelulares, es claro que impera el “uno para todos y todos para uno”, sin quejas ni comparaciones en el esfuerzo de contribuir al ser común y a todas sus partes, cada uno en su misión. Todas y cada una de ellas han de estar a lo mismo. Algo tenemos que hacer para también sentirnos parte de lo mismo que el mundo vegetal. No es vida inferior porque no sepamos comunicarnos. Es vida esencial para que sobrevivan las especies, entre ellas la nuestra. El gran ser en construcción precisa que amemos, sintamos y conectemos con las plantas y el mundo vegetal, que lo valoremos y que lo enriquezcamos, agradeciendo así su contribución. Un mundo vegetal feliz sería un requisito fundamental en la evolución futura, y no debiera resultar difícil de conseguir por el ser humano. Tengamos nuestro “pulmón” libre de humos y lobectomías innecesarias que merman el respiro…

Pero cómo sería nuestro “corazón”. ¿Qué nos enseña el nuestro?. Como órgano y sistema más conocido por mí, por mi profesión, me maravilla el funcionamiento del corazón y el sistema cardiovascular en el mantenimiento de la vida y, además, durante toda ella. Mayor entrega y determinación no es posible y, en relación a su funcionamiento, espectacular entendimiento entre sus células al unísono, para generar y conducir el impulso eléctrico y hacer una contracción muscular síncrona y eficaz, para adaptarse constantemente, latido a latido, a todos los requerimientos del ser. Pero eso fue muy avanzado en la evolución, demasiado complejo para empezar por ahí. Al fín y al cabo, en la embriogénesis el primordio cardiaco es un tubo recto con movimiento casi peristáltico que solo hace avanzar el flujo. Ni siquiera en esa fase estamos. Pero, ¿cómo habría de funcionar el corazón y la circulación de un ser superior que colectivizara a todos los seres vivos?. De entrada tendríamos que preguntarnos cuál sería su función y nada mejor que recordar el papel de nuestro corazón.

No hay un órgano de nuestro cuerpo con tal grado de pertinaz entrega en el mantenimiento de la vida del ser global. Siendo un simple músculo estriado envuelto en sí mismo, ejerce un grado de eficiencia como bomba para impulsar la sangre que maravilla al que lo analice, por su generosidad e inteligencia (Ver : el corazón inteligente ). Alimenta y conecta todas las células de nuestro organismo en función de sus requerimientos o necesidades, de manera que modula el grado de contraerse para mantener la homeostasis. No ceja en su empeño ni ante su adversidad cuando enferma o cuando sufre una crisis. Pero además, uno se pregunta cómo un amasijo de músculo enrollado entre sí es capaz de efectuar, latido a latido, un grado de contracción proporcional a la circunstancia del ser global. Y lo hace con una increíble sincronía en la excitación y contracción armónica de cada célula del amasijo muscular para, globalmente, conseguir un latido adecuado en cada contracción. Qué grado de armonía, compenetración y entrega entre todas las células de un órgano para dar vida pertinaz y persistente al ser global durante toda su existencia. Qué increíble cohesión celular de todo un órgano motor para mantener la vida. Espectacular contemplar su elegante comportamiento. No en vano en él centramos el sentimiento y el amor, la generosidad y la perseverante entrega. Por tanto, cómo generar un órgano, colectivo de personas especializadas en suministrar el mantenimiento de la vida al ser planetario.

Creo que es muy difícil intuir la forma en la que la naturaleza  diseñó y consiguió un órgano así. Nos costará mucho conseguir un primordio de todo eso. Imposible de imitar ese grado de unión celular actuando con coordinación de ballet y con la sincronía de la orquesta sinfónica nacional. En sentido figurado, “el corazón” del ser planetario daría sustento a todas las células constitutivas, sería transportador de nutrientes y mensajes de forma ininterrumpida y lo haría con amor y entrega. Habría que reclutar en primer lugar personas muy desprendidas y trabajadoras, muy pertinaces en sus empeños, algo que resulta evidente en los cardio-miocitos. Pero claro que existe multitud de personas con esas características. En general, se trata de personas anónimas capaces de diluirse en el trabajo conjunto, sin ánimo de liderazgo, dispuestos siempre al esfuerzo conjunto y con un sentido colectivo, demostrando siempre amor y entrega en el objetivo.

Organizaciones sin ánimo de lucro que centran su objetivo en ayudar, dar auxilio y bienestar a sus semejantes están compuestas por personas de este tipo. También el auténtico mundo sanitario es así. No son pocos los que optan por servir a los demás como forma de vida, desde cualquier ángulo, de la manera que sea y desde cualquier posición. Pero aún si aumentaran estas organizaciones, solo un primordio de corazón representaría la ayuda desinteresada a los demás, el amor “de corazón”, aunque sólo un gesto contráctil que impulsa la circulación representara, un esbozo de “corazón”. Pero si este esbozo de seres mantenedores de vida viva, podríamos llamarle, consiguiera la percepción que nuestro corazón posee de crear flujos preferenciales a los órganos que más lo precisan, mejoraría su efectividad. Además, si estos seres fueran capaces de actuar de forma síncrona para conseguir la mayor eficacia en cada entrega, ya tendríamos un grupo creciente de “miocitos” diferenciados, para dar cobertura y para ganar en eficiencia. Un impulso contráctil necesario para crear el órgano del amor, de la entrega y de la distribución de energía y nutrientes, un órgano que nos mantenga a todos en equidad y en armonía. Un gran “corazón” precisamos…