Cada ser perdura su tiempo vital por la existencia de una continua regeneración celular en equilibrio con una ordenada apoptosis. El continuo relevo celular transmite mandato genético de supervivencia y de identidad, lo cual no es algo impositivo sino fruto de la plena aceptación. Pero el relevo celular es necesario para la supervivencia del ser. Parece fácil de entender, y es bien conocida, la continua regeneración de células circulantes de la sangre, cuyo tiempo de vida es corto, a partir de otras de la médula ósea. Sin embargo, no solo estas células se renuevan. Otras más longevas también lo hacen. En todos los órganos y sistemas el recambio celular se produce. También ocurre desde la transformación e incitación de células madre residentes en el tejido las cuales, ante un determinado estímulo o mensaje cambian su fenotipo para generar en las circundantes y a distancia una actitud proliferativa que repone el tejido parenquimatoso para que siga ejerciendo su misión correspondiente. Es decir, son orientadas a la función del órgano correspondiente.

Hemangioblasto: un progenitor común para las células hemopoyéticas y endoteliales.
In vitro, Neoangiogénesis, a partir de Células madre mesenquimales derivadas de médula ósea
Adipocitos, osteoblastos, estructuras vasculares, cardiomiocitos
Cardiomiocitos de MSC derivados de BD

En todos los sistemas existen células aisladas, aparentemente no diferenciables de las contiguas, salvo por su núcleo, pero que ante un mensaje superior se transforman y generan a su alrededor actitudes proliferativas, regeneradoras y reparadoras. Células de gran trascendencia para el mantenimiento y evolución del ser global que las alberga. Diríamos que son células fundamentales para influir globalmente en la actitud de millones de otras relacionadas. Son capaces de construir y de despertar en las congéneres actitudes para percibir y actuar al unísono, para evolucionar de forma concordante con la del ser global.

La vida en el planeta, repleta de seres individuales, persigue también convertirse en un ser global planetario que aúne todas las individualidades. Los tejidos sociales se conforman y dirigen, pero siempre surgen individuos cuya influencia en la sociedad trasciende y marca camino. La historia nos muestra mucho de estos seres especiales que influyeron y aún influyen en el pensamiento, en la estética y en el valor del intelecto. No se trata de enumerarlos, porque la gran mayoría son desconocidos, pero nadie duda de que Mozart y Einstein son un claro ejemplo de enormes células madre de nuestro tejido social cuya influencia trascendió e hizo crecer el intelecto común. Eso resulta abrumador, pero ellos ya no están para abrumarse, ni siquiera supieron mientras vivían el grado que su influencia iba a alcanzar. Somos las células normalitas las que nos beneficiamos de sus aportaciones y contribuciones. La historia está repleta de seres especiales con mensajes diversos que calan en mayor o menor grado. Algunos para bien, otros para emprender desvíos incomprensibles con la perspectiva actual, pero que nos hicieron involucionar. Hitler y la Alemania nazi están demasiado cerca en la memoria, pero peligros similares siempre acechan. También en los tejidos del organismo surgen tumoraciones con mandatos erróneos que pueden poner en peligro la subsistencia del ser. Todas nuestras desviaciones del bien común retrasan la evolución y es que un tejido indiferenciado como el nuestro está en fase inestable, en la que las tendencias que compiten pretenden ser hegemónicas.

Los poderes quisieran ser células madre pero ciertamente no lo son. Muchas tendencias caducas se resisten a una evolución coherente con el pasado. La cuestión clave sería convencerse de algo sin dejarse convencer de nada. La posibilidad de que nuestro incipiente tejido social acabe alcanzando homogeneidad creo que radica en el porcentaje de células madre anónimas y desconocidas infiltradas en el tejido, cuya influencia circundante acabe aportando beneficio al bien común, a nuestro acervo. Y ciertamente existen este tipo de seres que sin saberlo son fuente de inspiración para muchos tipos de personas que conectan colectivamente para fines globales o concretos. Células que hacen pensar, que nos hacen reflexionar sobre nuestro papel, orientando el enfoque. Creo que hay millones de ellas que reciben el mandato de la naturaleza para generar influencias beneficiosas para la colectividad, aún sin saberlo. Y muchas de ellas se van sin haberse dado cuenta. Es el ejemplo de amigos míos, Alfonso Medina y Javier López Pujol, que nos dejaron sin llegar a conocer la magnitud de su favorable influencia en la colectividad.

Una mayoría anónima de este tipo de células potenciales podría hacernos avanzar en la diferenciación de un tejido más estable. Pero, al mismo tiempo, existen otras muchas células captoras de personas que acaban marcando rumbos de retroceso. Otras tendencias pretenden la hegemonía. El rumbo evolutivo se complica y en todas las épocas surgen locuras colectivas que nos llevan al desastre. Sus liderazgos encandilan engañando hasta llegar al hartazgo, o al desastre económico, o a una guerra. La Historia es bien completa, nada se puede esconder. En lo malo, no debiera repetirse. ¿Cómo es posible tener que volver a testar lo que fue equívoco ya anteriormente? ¿Cómo es posible separar lo que estuvo unido justo cuando la tendencia geopolítica es unir a los pueblos?. Pensar que planteamientos de este tipo arrastran a millones de ciudadanos resulta aterrador. El Brexit es un ejemplo claro de retroceso, aunque lo decidió la mayoría de los votantes. Lo que ocurre es que la evolución aprende de sus errores y al constatarlo lo corrige con el tiempo. Es claro que los británicos volverán a Europa en el futuro, pero también lo es que tendrán que suplicarlo y negociarlo. La colectividad hay que desearla, aunque sea como un método para mejorar la eficiencia. En un mundo de integración, el Brexit y otros planteamientos similares suponen retrocesos evolutivos que nos vemos forzados a experimentar, porque solo el tiempo es el que restituye el error. Las personas que lo propician no son precisamente células madre, (más bien diría yo “células de su padre”), sino que por el contrario, reniegan la identidad y propician desgracias colectivas, errores que castigan el progreso, aunque solo el tiempo lo esclarezca…La Evolución no tiene prisa, pero con el conocimiento actual podíamos aprender a evitar repetir los errores evolutivos. Para ello, hay que establecer los mecanismos que la naturaleza seleccione para evitarlo.

Yo creo que uno de ellos será el incremento progresivo de células madre anónimas (por no consciencia) que inmersas en los tejidos sociales transmitan en el entorno tendencias integradoras y colectivas, hagan pensar y generen actitud. También, hay que aprender a identificarlos y favorecer sus quehaceres, al tiempo de poner en evidencia la tosca maldad y la falsedad de los oscuros líderes, “células de su padre”, que al error siempre nos llevan. El conocimiento actual invita, no más involuciones por favor. Potenciemos y favorezcamos el quehacer de las anónimas células madre de nuestro entorno. Sepamos identificar su favorable influencia para que las mayoritarias células normalitas sepamos evolucionar de una forma colectiva, siempre aprendiendo y siguiendo los ejemplos y las actitudes que nos son transmitidas para potenciar al ser global. Ellas no obligan, no son impositoras, ellas sólo proponen.  Aprendamos a distinguir sus propuestas…Pensemos en la biología celular de nuestro tejido.

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