The Evolving Plan

Acuerdos y asociaciones que hacen funcionar los órganos del ser vivo-

Las formas de vida que aún habitan nuestro planeta son el resultado de una convulsa historia que comenzó siendo unicelular para hacerse cada vez más complejas transformaciones en los seres pluricelulares y pluriorgánicos. No se puede decir que todas las células de un ser vivo sean iguales, por el contrario, su diferenciación en aras de la función a desempeñar las hace bien distinguibles. También existe en nuestro organismo una importante cantidad de células progenitoras capaces de diferenciarse para regenerar los órganos y tejidos con funciones específicas, para preservar la vida del ser. Lo importante pues son las funciones específicas.

Por ejemplo, dada la ley de la gravedad, los seres desarrollan un tejido muscular para contrarrestarla y, así, poder moverse. Dada la contracción de los músculos como método de adaptación a esa ley, estos han de anclarse en estructuras rígidas, el tejido óseo, para hacer efectiva cada contracción. Nada que ver entre un miocito (célula muscular) y un osteocito (célula ósea), solo la identidad compartida y la asociación para actuar en pro del ser, venciendo así la gravedad y proporcionando el movimiento de todo el ser. La integración de tanta diversidad en un ser colectivo fue un diseño excepcional para formar órganos y tejidos con misiones funcionales. En nuestro organismo, la necesidad de conexión entre todas las células y tejidos está basada tanto en señales eléctricas como en acciones mensajeras distribuidas por el torrente sanguíneo, al margen de las conexiones paracrinas e intracrinas. El nexo común es genético y nace de la unión de 2 células que inician la división con el código genético de la creación de un nuevo ser. Es la forma que la vida usa para perdurar. Por tanto, la aceptación del código viene ya determinada por las células primigenias y su transmisión al resto de las que conformarán el ser queda así garantizada. Es decir, el ADN no es autócrata ni dictador, y el acuerdo entre todas las células de un ser no está impuesto, se consigue con la identidad. Somos vida, no otra cosa.

De manera que, si del diseño del gran ser en construcción desde la propia vida inteligente se hiciera, deberíamos analizar cómo aconteció la formación de cada ser. Tal vez pudiéramos tratar de imitar lo que la naturaleza ya experimentó con éxito. En la evolución de los seres pluricelulares, la conexión y la comunicación entre todas las células jugó un papel primordial. Las llamadas conexinas eran uniones intra y extracelulares y que transmitían diferentes tipos de señales químicas o eléctricas, por las que las células se empezaron a comunicar. La rápida comunicación intercelular a través de estas uniones fue un factor crítico que permitió al corazón vertebrado contraerse rítmica, armónica y sincrónicamente, a diferencia del movimiento peristáltico a modo de ondas contráctiles que caracteriza el corazón de los invertebrados y el de nuestro primordio embrionario. La contracción síncrona contribuye a eficiencia biomecánica y fue promovida en la evolución vertebrada con la aparición del sistema de conducción eléctrico desarrollado en el corazón de los mamíferos. Desde la conexión intercelular a la formación de órganos con funciones para mantener al ser vivo.

Cuando analizamos las comunicaciones locales y planetarias de nuestro mundo avanzado nos damos cuenta de cuánto se ha progresado en los últimos tiempos y cuan complejas son las redes de conexiones y relación entre los seres humanos en la actualidad. Pero si las comparamos con lo que la naturaleza diseñó para conectar, hasta el punto de alcanzar la identidad colectiva entre todas las células de un organismo vivo, también nos damos cuenta del grado de incomunicación que aún alcanzamos. La totalidad de las células de nuestro organismo vivo perciben, funcionan y sienten al unísono, lo cual requiere un extraordinario grado de conexión y comunicación intercelular entre todos los órganos y tejidos que conforman un ser vivo.

Entre las comunicaciones intercelulares destacan las señales iónicas y moleculares. Estas señales actúan a nivel de la membrana donde existen interdígitos o puertos de comunicación (gap junctions) donde conectan los neurotransmisores, los ligandos a proteínas circulantes y las vesículas informativas. A mayor distancia actúan las señales paracrinas (de una misma estirpe orgánica) y endocrinas (para todos los órganos receptores de la economía). Además, existen diversos modos de transporte trans-membrana. Este transporte puede hacerse por difusión pasiva o mediante el paso ligado a una proteína acompañante que sirve de introductor. El paso puede ser a su vez pasivo, o por difusión, y activo, es decir, dependiente de una energía generada por las denominadas bombas iónicas. Además, hay otras proteínas receptoras que facilitan el transporte iónico y molecular a través de la membrana, puertas de apertura y cierre a la llamada de señales y canales mecánicos y eléctricos, generadores estos últimos de voltaje. Múltiples fosfoproteínas y demás cadenas pépticas que constituyen las conexinas se convierten en receptores que conllevan segundos mensajeros para transmitir las señales. En relación con la comunicación intracelular, esa individualidad organizada aunque integrada, aunque hay moléculas de señal que permanecen siempre en la membrana, las moléculas informativas se distribuyen por el interior y para hacerlo se dispone de motores moleculares, kinesinas o proteínas del movimiento, estructuras micro-tubulares elongadas y mediante simples empujones biofísicos originados por el denso tráfico molecular del interior.

En definitiva, la unión e identificación de todas las células vivas de nuestro organismo está garantizada por un perfecto sistema de señales e información que conecta todas sus funciones. Además, hay un mandato unitario unánimemente admitido, nada en sí puede considerarse una imposición. Un inteligentísimo esquema que habría que imitar y seguir en nuestro pobre aún mundo comunicativo…

Pero sigamos pensando e imaginando. Si somos individuos conscientes la cuestión sería cómo formar órganos o sistemas. El ser multi-orgánico lo requiere. Sus funciones son específicas en el sustento del ser, porque nada valen por sí mismos como estructura aislada. Nuestra individualidad está pues formada por órganos y sistemas que nos mantienen vivos. Pero dentro de ellos hay millones de individualidades celulares que trabajan en común por una función.

Si se ha de construir un ser planetario desde el magma individual de seres animales y vegetales, se precisa una diferenciación por órganos y tejidos. Ya hay un cerebro en construcción, el intelecto humano, para ordenar y regular funciones. Aún sin formar sus capas, como en el embrión, que diferencien su propia evolución, resulta claro que ese cerebro inicial ha de ordenar desde la consciencia. No sé cómo, pero ha de hacerlo. Y si de fines superiores hablamos, la individualidad cognitiva solo puede ser un mero transmisor, perder protagonismo con fines colectivos. No debiera ser tan difícil. La vida se organiza con cadenas genéticas en las células que llevan dentro mandato de identidad o reconocimiento individual del fin último. ¿Cómo nos llegará a todos una propuesta así de reconocimiento para impulsar un fin tan supremo?… ¿Cómo la vida no lo ha resuelto aún, si ya lo hizo previamente en la construcción de los seres vivos?… ¿Por qué cuesta tanto generar en las personas el mandato de unidad?…¿De dónde ha de venir sino de la propia convicción? La vida individual se pierde y se desperdicia sin fines colectivos que tiendan a ser superiores para el bien de las especies. Precisamos algo que nos contenga primero, nos organice y nos ordene después. Y el mejor bien colectivo no es otro que la formación de un solo ser superior al que todos juntos demos soporte. El intelecto humano, nuestro cerebro primitivo, está en ello. La formación de un solo ser planetario. Y es que el conjunto de un todo es muchísimo más que la simple suma de todas las individualidades constitutivas.

Pero sigamos. Un ser superior necesitaría otros órganos. Un pulmón planetario, para respirar y oxigenar cada célula. Lo tenemos. No es otro que el mundo vegetal. Algo tenemos que hacer para también sentirnos parte de lo mismo que el mundo vegetal. No es vida inferior porque no sepamos comunicarnos. Es vida esencial para que sobrevivan las especies, entre ellas la nuestra. El gran ser en construcción precisa que amemos, sintamos y conectemos con las plantas y el mundo vegetal, que lo valoremos y que lo enriquezcamos, agradeciendo así su contribución. Un mundo vegetal feliz sería un requisito fundamental en la evolución futura, y no debiera resultar difícil de conseguir por el ser humano. Preservémoslo y no lo destrocemos. Ordenémoslo y desarrollémoslo. Tengamos nuestro “pulmón” libre de humos y lobectomías innecesarias que merman el respiro planetario…

Tórax multi-orgánico  (Netter)

También las células de nuestro corazón, los cardio-miocitos, no paran de trabajar y trabajar incesantemente, sin descanso alguno, para el resto del organismo, no importa cuál sea su estado o situación. De manera que, en la perfecta asociación de los seres pluricelulares, es claro que impera el “uno para todos y todos para uno”, sin quejas ni comparaciones en el esfuerzo de contribuir al ser común y a todas sus partes, cada uno en su misión. Todas y cada una de ellas han de estar a lo mismo.

Pero cómo sería nuestro “corazón planetario”. ¿Qué nos enseña el conocimiento de cómo funciona el nuestro? Como órgano y sistema más conocido por mí, por mi profesión, me maravilla el funcionamiento del corazón y el sistema cardiovascular en el mantenimiento de la vida y, además, durante toda ella. Mayor entrega y determinación no es posible y, en relación a su funcionamiento, espectacular entendimiento entre sus células al unísono, para generar y conducir el impulso eléctrico y hacer una contracción muscular síncrona y eficaz, para adaptarse constantemente, latido a latido, a todos los requerimientos del ser. Ya esto fue una fase muy avanzada en la evolución, de manera que demasiado complejo para empezar por ahí. Al fin y al cabo, estamos en el inicio de una embriogénesis. En la embriogénesis o fase de desarrollo intra-útero, el primordio cardiaco es un tubo recto con movimiento casi peristáltico que solo hace avanzar el flujo. Ni siquiera en esa fase estamos.

De entrada, tendríamos que preguntarnos cuál sería su función y nada mejor que recordar el papel de nuestro corazón. Como digo, no hay un órgano de nuestro cuerpo con tal grado de pertinaz entrega en el mantenimiento de la vida del ser global. Siendo un simple músculo estriado envuelto en sí mismo, ejerce un grado de eficiencia como bomba para impulsar la sangre que maravilla al que lo analice, por su generosidad e inteligencia (Ver : el corazón inteligente). Alimenta y conecta todas las células de nuestro organismo en función de sus requerimientos o necesidades, de manera que modula el grado de contraerse para mantener la homeostasis. No ceja en su empeño ni ante su adversidad cuando enferma o cuando sufre una crisis. Pero, además, uno se pregunta cómo un amasijo de músculo enrollado en sí mismo es capaz de efectuar, latido a latido, un grado de contracción proporcional a la circunstancia del ser global. Y lo hace con una increíble sincronía en la excitación y contracción armónica de cada célula del amasijo muscular para, globalmente, conseguir un latido adecuado en cada contracción. Qué grado de armonía, compenetración y entrega entre todas las células de un órgano para dar vida pertinaz y persistente al ser global durante toda su existencia. Qué increíble cohesión celular de todo un órgano motor para mantener la vida. Espectacular contemplar su elegante comportamiento. No en vano en él centramos el sentimiento y el amor, la generosidad y la perseverante entrega.

La envoltura muscular del corazón  -Su complejo interior-

Por tanto, cómo generar un órgano, colectivo de personas especializadas en suministrar el mantenimiento de la vida al ser planetario. Creo que es muy difícil intuir la forma en la que la naturaleza  pudo diseñar los pasos evolutivos para conseguir un órgano así. Nos costará mucho lograr un primordio de todo eso que aún está por llegar. Imposible de imitar de entrada ese grado de unión celular alcanzado que le hace actuar con coordinación de ballet y con la sincronía de la orquesta sinfónica nacional.

En sentido figurado, “el corazón” del ser planetario daría sustento a todas las células constitutivas, sería transportador de nutrientes y mensajes de forma ininterrumpida y lo haría con amor y entrega. Habría que seleccionar y adiestrar a sus células, aquellos cardio-miocitos humanos que van a constituir ese órgano. Habría que reclutar en primer lugar personas muy desprendidas y trabajadoras, muy pertinaces en sus empeños, algo que resulta evidente en los cardio-miocitos. En ello está la Naturaleza. Porque claro, si lo pensamos, ya existen multitud de personas con esas características. En general, se trata de personas anónimas capaces de diluirse en el trabajo conjunto, sin ánimo de liderazgo, dispuestos siempre al esfuerzo conjunto y con un sentido colectivo, demostrando siempre amor y entrega en el objetivo.

Hoy día tenemos organizaciones sin ánimo de lucro que centran su objetivo en ayudar, dar auxilio y bienestar a sus semejantes y esta entrega generosa la componen personas de ese tipo. También el auténtico mundo sanitario es así, como los bomberos y los equipos de rescate, el buen magisterio y tantas dedicaciones más. No son pocos los que optan por servir a los demás como forma de vida, desde cualquier ángulo, de la manera que sea y desde cualquier posición. Pero aún si aumentaran estas organizaciones, solo un primordio de corazón representaría la ayuda desinteresada a los demás, el amor “de corazón”, aunque sólo un gesto contráctil que impulsa la circulación representara, un esbozo de “corazón”. Pero si este esbozo de seres mantenedores de vida viva, podríamos llamarle, consiguiera la percepción que nuestro corazón y la circulación poseen para crear flujos preferenciales a los órganos que más lo precisan, mejoraríamos mucho la efectividad de nuestras contracciones.

Además, si estos seres fueran capaces de actuar de forma síncrona para conseguir la mayor eficacia en cada entrega, ya tendríamos un grupo creciente de “cardio-miocitos” diferenciados, para dar cobertura y para ganar en eficiencia. Un impulso contráctil necesario para crear el órgano del amor, de la entrega y de la distribución de energía y nutrientes, un órgano que nos mantenga a todos en equidad y en armonía. Un gran “corazón” precisamos… Como digo, en ello la Naturaleza está.

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